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La Coctelera

INTERSUBJETIVIDAD Y COMUNICACIÓN

INTERSUBJETIVIDAD Y COMUNICACIÓN

Manuel de Jesús Corral Corral

Encuentro AMIC

Universidad Autónoma de Nuevo León

Monterrey, 6-9 de mayo de 2008.

Quisiera enmarcar los cinco enunciados de este texto en por lo menos dos ideas:

1. Textos que no abordan explícitamente el asunto de la comunicación, lo hacen implícitamente. El carácter ubicuo de la comunicación y el origen mismo de su estudio hacen de su objeto propio una disciplina inter-multidisciplinaria que invita a las y los comunicólogos a volver su mirada a otros campos.

2. Lo nuevo, no por nuevo, necesariamente mejor. El pedagogo brasileño Paulo Freire escribe: “Lo viejo que preserva su validez o que encarna una tradición o marca una presencia en el tiempo continúa nuevo”[1]. Por su parte, la lingüista mexicana Helena Beristain declara: “No todo lo que está en el pasado deja de estar en el presente”[2].

1. El aluvión tecnológico

“Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. Y algunos de ellos, como Rambert, llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger. Pero... la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era la separación y el exilio, con lo que eso significaba de miedo y rebeldía...”.

Albert Camus, La peste, El Mundo Unidad Editorial,

Colec. Milenium 81, Madrid, 1999, p. 141.

En estos tiempos, todavía de globalización neoliberal, ha caído sobre la humanidad el aluvión indetenible de la tecnología. Y, en nuestro caso, el de la tecnología mediática. En aras del éxito yoista y solipsista, en efecto, se derrama por doquier y en todo tiempo:

a) la destrucción inmisericorde de la naturaleza como ámbito físico para la realización de la VIDA.

b) la desfiguración de lo humano como especie con el consiguiente vaciamiento de la INTERIORIDAD en tanto constituyente propio del sujeto.

El sentido de la individualidad ha sido remplazado por el individualismo. Y en ello, insisto, tiene mucho que ver el peso decisivo de la técnica sobre lo humano. Peso tan terrible que el filósofo Martín Heidegger se había referido a la inauguración de un nuevo tiempo: el tiempo de la noche, el tiempo sin Dioses, en la que lo que le queda al humano son los Poetas, “aquellos mortales que, al cantar gravemente al dios del vino, registran la traza de los dioses que han huido, continúan sobre esa traza e indican a los mortales, sus hermanos, el camino de la recuperación...” 3.

Terrible peso advertido y denunciado ya a mediados del siglo XX por la Escuela de Frankfurt, entre otros. Y en Nuestra América, en la década de los setenta, el venezolano Antonio Pasquali afirmaba: “Los medios masivos son la punta de lanza de una tecnología que es la expresión suprema de la razón instrumental y represiva”4. Y destacaba la idea de que más importante que los medios era la comunicación entre sujetos pares.

Desde ese aluvión tecnológico, conceptos tales como comunicación humana, inter-personal o inter-subjetiva, directa, presencial, se han tornado huidizos y se pretende hacerlos añicos. Rescatarlos donde y cuando se han perdido, o preservarlos, donde y cuando mantienen su vigencia, requieren de una reflexión detenida desde el punto de vista teórico, metodológico y empírico.

Para aclarar y explicar teóricamente lo que podría entenderse por comunicación intersubjetiva convendría tomar en cuenta algunos conceptos básicos, tales como relacionalidad-autonomía, sujeto-cuerpo, Yo-tú-Yo-mundo, exterioridad-interioridad. Metodológicamente convendría partir desde abajo (vida cotidiana) y desde adentro (convicciones y afectos) de lo que se quiere significar con el concepto de sujeto, tanto desde el punto de vista individual, como del comportamiento de éste al momento de socializar su subjetividad y expresarse en el espacio público. En tanto que, para reforzar empíricamente cualquier afirmación o aserto sobre el tema convendría hurgar, mediante la observación o la investigación participativa, en el sentido profundo de los signos de la calle en tanto brújula que permite registrar la dirección en la que se mueve, por la acción de los sujetos, la sociedad.

En 1985 cuando recién empecé mis búsquedas personales sobre comunicación publiqué el libro individual Manual de Comunicación. Más allá de ese título anti-ético, he venido sosteniendo la validez de su contenido. Afirmé entonces que la comunicación:

a) es un proceso y una relación que exige el intercambio o, en palabras más claras, el diálogo;

b) diálogo sólo posible cuando, entre quienes se comunican, existe cierta igualdad o simetría, no únicamente en el plano de los significados comunes, sino también en el plano de lo social;

c) los dos polos del proceso y de la relación comunicativos se comportan como seres activos que emiten y perciben con libertad, alternadamente, mensajes cargados de significados5.

Refrendo ahora, en lo básico, esas ideas, tributarias de la postura teórica de Pasquali. Ideas que he seguido desarrollando, espero que con más claridad y amplitud, en textos posteriores. Late en ellos la preocupación central de que la comunicación humana, con sus efectos terapéuticos, pueda contribuir a formar comunidad6. A partir de las propuestas anteriores he venido atribuyendo, con el uso de un término propio de la gastronomía, tres ingredientes imprescindibles en la comunicación humana: diálogo, simetría, libertad. Ingredientes necesariamente válidos y exigibles en cualquier situación. Por ello

1) han de condimentar la comunicación en cualquiera de las formas, niveles y tipos en que ésta se presente

2) han de anular cualquier pretensión de reificación de los sujetos.

Se trata, por consiguiente, de ingredientes definitorios de la condición propiamente humana (diálogo como razón, simetría como dignidad, libertad como autonomía de cada sujeto) y de sus productos simbólicos, sin los cuales cualquier relación comunicativa se degrada, se deforma y pierde su específico sabor. Condición propiamente humana en el sentido de que se realiza si, y sólo si, cuando el mundo de lo humano se acepta como poblado de sujetos autónomos y relacionales que la hagan posible. Y es que en la comunicación “no hay recipiendario y recipiente, sino reciprocidad de sujetos activos”7. Por ello, en un intento por superar el quiebre semántico que suele hacerse en torno al vocablo comunicación, ésta se refiere, en mi opinión, únicamente a los procesos, relaciones e interacciones humanas en los que “se da el encuentro del logos (lÒgoj) (diá-logo) o del sema (sÁma) (diá-semia) a través de (di£) varios (emisor-perceptor y perceptor-emisor) en un mismo centro de atención (mensaje)”*.

Ante la ausencia, crisis y degradación epocal de la comunicación, dialogo, simetría y libertad requieren, como primer paso, de sujetos que se reconozcan y se respeten como autónomos y relacionales. Y eso supone en ellos la verificación de una primera afirmación:

Es preciso que los sujetos comunicantes desplieguen actitudes y comportamientos cargados de ética-estética holista, y de utopía, que apunten a una comunicación de nuevo signo.

Cabe aquí una pregunta válida ¿qué, o mejor, quién es el sujeto? En búsqueda de una respuesta es preciso partir, para no perder piso, desde atrás y desde abajo, es decir, de lo más concreto y visible.

2. El sujeto como sujeto-cuerpo

Si digo carne o espíritu, /paréceme que el diablo /se ríe del vocablo; /mas nunca vaciló /mi fe si dije “yo”.

Ramón López Velarde, en Octavio Paz et al., Poesía en movimiento.

México, 1916-1996, Siglo XXI Editores, Novena Edición, México, 1975, p. 437.

Largo y complejo ha sido el proceso evolutivo del ser humano. En algún momento, el denominado ser humano se desprendió de las demás especies animales. Marcó sus diferencias. No perdió por ello el sustrato biológico que los liga con aquéllas. Diferencias sobre todo en rasgos fundamentales y exclusivos que sellan su identidad. El principal de todos: el desarrollo de la masa cerebral. Con sus consiguientes procesos desencadenantes: postura erecta que libera la mano, solidaridad entre manos y masa cerebral para transformar el soporte físico en mundo, capacidad de simbolización, lenguaje conceptual y metalenguaje, y gregariedad instintiva convertida en socialidad razonada.

El desarrollo del cerebro permitió, a su vez, la aparición de la conciencia. Recinto secreto y sagrado. Nadie puede penetrar en él impunemente. Y de ahí en más, en forma progresiva: saber, saber que sabe, y libertad para decidir y optar. Paulo Freire, en su visión antropológica, hace ver cómo en determinado momento del proceso el ser consciente se convirtió en captador, aprendedor, transformador y creador de belleza, y dejó de ser un mero “espacio” vacío que debía ser llenado con contenidos. Y agrega: “La invención de la existencia a partir de los materiales que la vida ofrecía llevó a hombres y mujeres a promover el soporte en que los otros animales continúan, en mundo8. Bella idea freireana aquélla que se refiere al ser humano como ente consciente y, por tanto, responsable, con todo lo que este calificativo implica, del embellecimiento o del afeamiento del mundo.

Desde esa misma perspectiva antropológica, pero en otra línea de investigación, un dato más sobre el ente consciente. Investigadores que se mueven en la línea de los Estudios Culturales han centrado su atención en el tema del cuerpo. Las investigaciones en esa línea se han multiplicado y van en aumento. El peso histórico de la cultura ha hecho que, al menos en Occidente, siga vigente la visión dualista que opone el cuerpo al alma, al espíritu. Y predomina aún la teoría anátomo-fisiológica, cuya génesis se encuentra en el desarrollo del individualismo renacentista. El cuerpo es concebido como “el recinto del sujeto”, una especie de objeto de tenencia o posesión. Esta visión sigue vigente en esta época en la que se presenta “la atomización de los sujetos” 9.

En oposición a esa concepción anátomo-fisiológica, se adopta hoy una visión holista. Y así, en sus investigaciones antropológicas, David Le Breton considera que el cuerpo es “la cepa de identidad del hombre. Sin el cuerpo, que le proporciona un rostro, el hombre no existiría”10. No es, entonces, que el cuerpo sea un simple recinto del sujeto o que éste tenga o posea un cuerpo, sino que el ser humano, constituido en sujeto, es cuerpo. Esta manera de ver el cuerpo emparenta, por cierto, con las visiones de culturas tradicionales que establecen una identificación entre cuerpo y ser humano, y lo vinculan con su entorno natural y cósmico.

Le Breton apunta al respecto:

Las concepciones del cuerpo son tributarias de las concepciones de la persona. Así, muchas sociedades no distinguen entre el hombre y el cuerpo como lo hace el modo dualista al que está tan acostumbrada la sociedad occidental. En las sociedades tradicionales el cuerpo no se distingue de la persona. Las materias primas que componen el espesor del hombre son las mismas que le dan consistencia al cosmos, a la naturaleza. Entre el hombre, el mundo y los otros, se teje un mismo paño, con motivos y colores diferentes que no modifican en nada la trama común11.

Desde esta mirada, puede decirse, sujeto y cuerpo son términos intercambiables; nombran la misma realidad. En sus indagaciones sobre la relación entre la psique y la biología, Sigmund Freud refuerza esta idea al señalar: “El yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie”12. Y agrega que el yo consciente “es sobre todo un yo-cuerpo”, cuerpo atravesado por el deseo, inexplicable e irrepresentable, y cuyo único intento de manifestación es el lenguaje.

Conviene señalar aquí algunas notas específicas, inscritas en la misma condición natural del sujeto-cuerpo, mismas que consagran su dignidad:

. su estructura biológica y su potencial sensitivo, racional, emocional y afectivo, que hacen de él un sujeto-cuerpo que habla.

. su carga de necesidades de trabajo y descanso, de vigilia y sueño, de comida y excreción, de razón y emoción, de gozo y juego.

. su exterioridad-interioridad -un afuera y un adentro- cuyo desarrollo simultáneo ha de estar fincado, necesariamente, en una ética-estética-utopía de carácter holista13.

. su capacidad de autonomía para decidir por él mismo y su socialidad para establecer relaciones con otros sujetos-cuerpos también autónomos y sociales.

. su conciencia de los derechos que le asisten, y en ellas se enmarcan sus sueños, imaginarios y luchas, como sujeto-cuerpo para exigir satisfactores a sus necesidades. Para nuestro propósito habría que destacar que entre esas necesidades y esa exigencia de derechos está la comunicación.

El proceso de atomización de los sujetos, así, en plural, de que habla Le Breton empezó mucho antes con la fragmentación del sujeto individual, es decir, con el descuido de su multilateralidad. No se pudo, no se quiso o no se supo concebir ni formar sujetos integrales que hicieran uso cabal de su autonomía y relacionalidad.

De ahí surge una segunda afirmación:

Es sólo desde la formación integral -exterioridad (el afuera)-interioridad-(el adentro) del sujeto individual que éste podrá:

1. desplegar su potencial inter-subjetivo, mediante la necesaria verificación en la praxis de su multilateralidad.

2. lograr que su forma de vida sea la medida de sus relaciones realmente humanas con su mundo natural y social.

3. exhibir actitudes y comportamientos cargados de ética-estética y utopía holista, que apunten a una comunicación de nuevo signo.

La efectivización de la multilateralidad es, por consiguiente, la conditio sine qua non para que se efectivice la intersubjetividad.

3. El retorno necesario: del tele al inter

“Caminaron juntos, como dos universos distintos de experiencia y sentimientos, incapaces de comunicarse entre sí”.

William Holding, El señor de las moscas,

Alianza Editorial Mexicana, 1989, p. 65.

La llamada comunicación mediática, por naturaleza teledirigida, ha puesto distancia entre un sujeto-cuerpo y el otro sujeto-cuerpo. Más grave aún, no los considera como tales. Con la consiguiente disminución, y hasta desaparición, de la puesta en común de pensamientos y razones, de sentimientos y afectos. Imposible vivir así cualquier tipo de relación de comunicación de carácter comunitario.

De ahí que resulte necesario reinstalar el prefijo latino inter, o entre, en las relaciones de comunicación para crear condiciones de posibilidad para vivir la comunidad. La telecomunicación estorba y no ayuda. Producto de sus reflexiones filosóficas sobre la condición humana, Martín Buber publicó en 1923 su libro Yo y Tu. Plantea ahí el carácter dual de las relaciones humanas: la relaciones Yo-tu y las relaciones Yo-ello. Las primeras son siempre interactivas porque se dan entre sujetos autónomos, en tanto que las segundas se refieren a las relaciones del sujeto con el mundo de los objetos, de las cosas, con los que el sujeto tiene que vérselas, necesariamente, en su vida diaria.

En ese mismo texto, pero más aún en el libro ¿Qué es el hombre? Buber, al referirse a la relación Yo-tú, establece al entre como “protocategoría de la realidad humana”, y considera que ella precisa lo específico, lo singular, del mundo humano “porque en él ocurre entre ser y ser algo, que no encuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza”14. Esto es así porque en ese algo, que para Buber era el AMOR, lo que ocurre es propiamente aquello que “hace del hombre un hombre”15, pues “sus raíces se hallan en que un ser busca a otro ser, como este otro ser concreto, para comunicar con él en una esfera común* a los dos pero que sobrepasa el campo propio de cada uno”16. La relación de comunicación se verifica entonces siempre y cuando cada sujeto-cuerpo asuma, efectivice y actualice la protocategoría del entre como condición necesaria para realizar su autonomía y su socialidad.

Y si esto es así, la relación de comunicación, en cualquiera de sus formas, niveles y tipos, se frustra, si y cuando uno de los sujetos (singular o plural) concibe, y menos todavía si y cuando considera, al otro sujeto (singular o plural) como heterónomo o subordinado, porque haría de él un objeto. La no verificación del inter, o entre, de respeto a la autonomía y socialidad de los sujetos-cuerpos, sucede, por desgracia con mucha frecuencia, y sin que ello se advierta, en la práctica cotidiana de las relaciones de comunicación. Sujetos hay que consideran y tratan al otro sujeto como objeto, lo cosifican. Se ejerce así, lo que, desde mis tiempos de estudiante de la carrera me llamó la atención: el vocablo o neologismo paréresis, utilizada por Antonio Pasquali. Él la considera como “el rasgo más peculiar de la alocución: la tentativa de sustraer, empequeñecer, adueñarse y alienar (al receptor), como función básica de un decir ordenando que no admite respuesta”17. Y en efecto, procedente del verbo griego parairšw, significa, en voz activa: sustraer, disminuir, abolir; y en voz media: apoderarse, aprovecharse. Algo así como paralizar o engarrotar al sujeto interlocutor. Esa cosificación de uno de los sujetos recuerda el juego infantil del pasado en el que un niño o niña sorprendía a su amigo o amiga con la orden: “Engarróteseme ahí sin palo, sin cuarta y sin nada“.

La antítesis de lo que he venido planteando como comunicación dialógica, simétrica y libre son las expresiones comunicativas en sus diferentes formas, niveles y tipos que reproducimos hoy en las diferentes instancias de socialización. Sin darnos cuenta permanecemos, en la terminología buberiana, en el mundo de las relaciones Yo-Ello.

De lo anterior se desprende una tercera afirmación:

Sin advertirlo, en nuestras cotidianas relaciones comunicativas reproducimos, la cosificación de los sujetos con la consiguiente imposibilidad de construir comunidad.

Otra es, por el contrario, la visión de Buber, pues sólo cuando el sujeto “reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a así mismo, como hombre, y marche desde ese reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador”18. Tomemos aquí como ejemplo nuestra comunicación lingüística. La lengua es la primera, ¿y principal?, delatora de la desfiguración y empobrecimiento de la comunicación intersubjetiva por parte de sus sujetos-cuerpos hablantes.

4. El paradigma mayense de la comunicación

“Cuando estamos tristes y temblamos de aprensión, es dulce cantar todos juntos, apoyándonos ligeramente los unos en los otros: yo en Susana, Susana en Bernardo, con las manos enlazadas, temerosos de muchas cosas: yo de mi acento, Rhoda de las cifras, y, sin embargo, todos resueltos a conquistar y vencer”.

Virginia Woolf, Las olas, Premià editora,

(La nave de los locos), México, 1997, p. 29.

Para el antropólogo Carlos Lenkersdorf la lengua es la manifestación más elevada de la cultura de un pueblo, cuya cosmovisión expresa. Y cada cosmovisión tiene su propio modo de ver, conceptuar y nombrar las cosas y los hechos. En las relaciones de comunicación unas lenguas expresan mejor que otras la intersubjetividad. Lenkersdorf, acucioso conocedor de la lengua mayense tojolabal, publicó en 1996 su ensayo Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales. Se trata de un texto, en estilo sencillo que no le resta profundidad al contenido. Ofrece una versión de la intersubjetividad, como ésta es pensada y vivida, a partir de la lengua, en las relaciones de comunicación por un grupo étnico tradicional. Y ofrece este ejemplo: En cualquier lengua indoeuropea “al decir algo a alguien, se piensa sólo en la acción de un solo sujeto (singular o plural). El otro (también singular o plural) a quien se dice algo desempeña un papel subordinado”19. En tojolabal, por el contrario, aparecen “dos sujetos agenciales (yo y ustedes). Cada uno de ellos ejerce la acción que le corresponde”20. Mientras que las lenguas indoeuropeas emplean un solo verbo, el idioma maya utiliza dos verbos correspondientes a dos acciones. Con base en esta diferencia es que el mismo autor define la intersubjetividad como “la presencia de dos sujetos y la exclusión o ausencia de objetos”21. Y, en razón de lo anterior, concluye en forma por demás contundente: “La comunicación es intersubjetiva o no es comunicación”22.

Más adelante plantea de manera resumida, desde la visión tojolabal, nuevas exigencia de la intersubjetividad:

Todos somos sujetos aunque de diferentes clases; todos somos iguales; por ello, se excluye la subordinación de los objetos-mandados a los sujetos-mandones; todos nos necesitamos los unos a los otros para que los acontecimientos se hagan realidad; todos debemos respetarnos mutuamente si no queremos destruir la comunidad de todos y el acontecer del mundo nuestro23.

El paradigma mayense de la comunicación, desde la pequeñez social y la grandeza cultural de sus sujetos, aporta sin duda ricos elementos para la humanización de las relaciones de comunicación en este momento de la historia en el que aquéllas están sometidas a los procesos

Ponencias del GT Comunicación Intersubjetiva de la AMIC

Amigos y amigas,

Ya están disponibles las ponencias que presentamos en el pasado Encuentro

de la AMIC en Monterrey. Ojalá este espacio sirva para que comentemos

nuestros trabajos...

Un afectuoso saludo.

Marta Rizo

De la antropología para la comunicología: el teatro tiene la palabra.

Resumen:

Lo que ha de presentarse es fruto de una búsqueda que pretendía comprender por qué el Teatro Regional Yucateco ha sido un poderoso creador y promotor de estereotipos en la península de Yucatán. Tal búsqueda se estructuró a partir de un trabajo de corte etnográfico que, para describir la relación sociedad-teatro, siguió el flujo de la comunicación en ese vínculo. El trabajo empírico permitió observar el carácter íntimo de la comunicación que vincula a los teatristas regionales con su público.

El análisis teórico a partir de la “antropología de la experiencia” (léase vivencia) permitió re-construir un modelo que describe un vínculo entre lo social-manifiesto y lo personal-subjetivo, siendo de suma importancia el papel que juega en dicho proceso el ejercicio subjetivo del creador. El trabajo destaca también la relevancia de la vivencia como portadora de aquellos elementos implícitos y poco tangibles característicos de la intersubjetividad que subyacen al mensaje y que dan cierre a la última fase del ciclo comunicativo: la comprensión.

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